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Rompiendo las reglas con el juego

Manolo Morales¿Por qué utilizamos el juego solo como una actividad lúdica y placentera y no nos atrevemos a usarlo como un verdadero recurso pedagógico para la construcción de aprendizajes en el aula?

Obviamente, nos estamos refiriendo a la utilización del juego como recurso didáctico para abordar el proceso de enseñanza-aprendizaje en cualquier ámbito (deportivo, social…) y, en concreto, en el ámbito educativo.

A modo de introducción, podríamos considerar el juego como una actividad de importante trascendencia debido a la gran cantidad de características, funciones y beneficios que este aporta para el desarrollo de los individuos. En este sentido, se concibe el juego como un conjunto de actividades divertidas, cortas y agradables que permiten el desarrollo de valores como el respeto, la tolerancia, la solidaridad y fomenta el compañerismo entre iguales.

Desde la antigüedad, el juego ha sido utilizado como un recurso educativo, aunque la pedagogía tradicional lo ha apartado, en cierta medida, de la educación formal y se ha centrado en la utilización de métodos pedagógicos más “eficaces”. Por lo general, se considera que el tiempo dedicado al juego es tiempo perdido para el aprendizaje de los diferentes contenidos de las materias educativas.

En este sentido, durante la segunda mitad del siglo XIX, distintos métodos activos de aprendizaje despertaron el interés por las posibilidades del juego en el marco escolar. Sin embargo, hoy en día, aún no se reconoce el verdadero valor y las diferentes posibilidades que nos puede ofrecer el aprender jugando.

Jean Piaget (1945) afirma que el juego no es solo una forma de desahogo o entretenimiento para gastar energía, sino un medio que contribuye al desarrollo intelectual del niño y además lo enriquece.

En esta línea, numerosos autores como Leif y Brunelle (1978), Piaget (1945), Vigotsky (1966) o Decroly (1998), entre otros, exponen en sus teorías la importancia que tiene el juego para el aprendizaje del niño.

Por ello, debemos ir rompiendo poco a poco con los cánones tradicionales de la educación basados en el conductismo (profesor activo y sujeto pasivo) y pasar a otras líneas educativas más innovadoras basadas en el constructivismo (aprendizaje activo del sujeto) y donde el juego, dentro de las posibilidades que ofrezcan los contenidos, sea el “maestro” produciendo en los alumnos un aprendizaje más significativo que favorezca la socialización y cooperación de los educandos.

De acuerdo con Ausubel (1976), durante el aprendizaje significativo, el sujeto establece una relación entre la nueva información y sus conocimientos y experiencias previas. Para este autor aprender es comprender, rompiendo, de esta manera, con el aprendizaje memorístico promulgado por las teorías conductistas. Por lo tanto, y siguiendo esta línea, buscaremos para nuestros alumnos situaciones que produzcan un aprendizaje significativo.

Una vez llegado a este punto planteamos la siguiente cuestión: ¿es el juego un buen recurso para buscar aprendizajes más lúdicos y significativos en el aula?

Hoy en día, y como afirma Navega (1995, citado por Campos, Chacc, Gálvez, y Antezana, 2006), el juego debe entenderse bajo el binomio juego-educación, relación compleja, pero a la vez muy válida, debiendo ser entendido como un nexo de unión entre los contenidos a impartir y la formación integral del sujeto. Por su parte, Zapata (1995,53) afirma que:

La educación por medio del juego permite responder a una didáctica activa que privilegia la experiencia del niño, respetando sus auténticas necesidades e intereses, dentro de un contexto educativo que asume la espontaneidad, la alegría infantil, el sentido de libertad y sus posibilidades de autoafirmación, y que en lo grupal recupera la cooperación y el equilibrio afectivo del niño.

Quizás, las principales razones por las que el docente no se atreva a utilizar el juego como recurso para la enseñanza-aprendizaje de los contenidos en el aula, se deban a la falta de recursos lúdicos, al desconocimiento de los beneficios del juego, a la falta de recursos materiales o, tal vez, a la inseguridad docente ante propuestas más abiertas y lúdicas que rompen con lo tradicional. Además, la escuela tradicional ha generalizado la creencia falsa del escaso valor intrínseco del juego como medio educativo en el aula, relegándolo a una posición marginal.

A su vez, el juego puede entenderse como una combinación entre aprendizaje serio y diversión. Si las actividades en el aula son planificadas por el docente de forma consciente, teniendo en cuenta los intereses, necesidades, edad y ritmo de aprendizaje de los alumnos, así como los objetivos que se persiguen, se puede considerar como un excelente recurso de trabajo, permitiendo a su vez aprender y jugar, dando lugar a aprendizajes más significativos.

La mayoría de las investigaciones hasta hoy solamente conducen a la aplicación del juego en edad infantil y en primaria, pero debemos aprovechar la energía lúdica que guarda el adolescente y llevar a cabo con ellos este tipo de propuesta.

De entre las conclusiones a las que se llegaron tras los resultados obtenidos en la investigación no experimental “Aprendamos jugando en el mundo de las fracciones” Campos et al. (2006), destacamos lo siguiente:

  • La importancia que tiene el juego para el desarrollo integral del sujeto, por ser una actividad lúdica intrínsecamente motivadora.
  • A través del juego y, en concreto, en este caso, se ha permitido lograr los contenidos y objetivos escolares específicos de modo significativo y contextualizado, en base a los intereses, necesidades y motivaciones de niños y niñas.
  • En función de los resultados obtenidos, se señala que el juego es una excelente herramienta que nos permite incorporarlo como estrategia lúdico-educativa en el aula.

Por lo tanto, y a modo de conclusión, teniendo en cuenta toda la fundamentación a lo largo del artículo sobre la utilidad del juego como un recurso educativo en el aula, debemos ser valientes y abrir las puertas del aula para “romper las reglas con el juego” permitiendo la entrada a un recurso de un valor incalculable, saliendo del tópico juego-actividad física y dando paso al postulado juego-educación.

En definitiva, se puede afirmar que la educación es “mucho más que un juego, pero muy poco sin él”.

            REFERENCIAS:

  • Ausubel, D. (1976). Psicología de la Educación: Un punto de vista cognitivo. México: Trillas.
  • Campos, M., Chacc, I., Gálvez, P., y Antezana, L. (2006). El juego como estrategia pedagógica: Una situación de interacción educativa. Universidad de Chile.
  • Decroly, O., y Monchamp, E. (1998). El juego educativo. Iniciación a la actividad intelectual y motriz. Madrid: Morata.
  • Díaz Barriga, F. (2003). Cognición situada y estrategias para el aprendizaje significativo.  Revista Electrónica de Investigación Educativa, 5(2), 105-112.
  • Leif, J. y L. Brunelle. (1978). La verdadera naturaleza del juego. Buenos Aires: Kapelusz.
  • Piaget, J. (1945). Le jeu en la formation du symbole chez l´enfant. París: Delachaux et Niestlé.
  • Vigotsky, L. S. (1966). El papel del juego en el desarrollo del niño, en el desarrollo de los procesos psicológicos superiores. Barcelona: Grijalbo.
  • Zapata, O. A. (1995). Aprender jugando en la escuela primaria. Didáctica de la psicología genética. México: Pax México.

 

Manuel Morales Rodríguez

Licenciado en Ciencias de la Actividad Física y el Deporte

Profesor Escuela Deporte

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